Mostrando entradas con la etiqueta Opiniones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opiniones. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de diciembre de 2008

¡CUIDADO POR LA ESQUINA, QUE VIENE LA NAVIDAD!

Susana Luque (1/12/08)

Ahora ya se huele un poco más a la desangelada Navidad. Mira que se viene acercando, mira que nos avisa con tiempo la Señora… aun así nos pilla otro año y otro, y otro, desesperados de un lado para otro, o llenando los congeladores de langostinos y demás cadáveres antes de que engorden los precios las etiquetas del super, mitad agobiados porque cuanto compromiso, cuanta reunión no por ganas, sino porque toca, cuanto derroche porque toca, cuanto jaleo porque toca. Pero si eso de que toque o no pareciera ser decisión de cada cual y no solo del calendario ¿no? Algo pasa, algo me huele a que ni nos paramos a ver que nos pasa, ni qué es eso que queremos hacer en realidad en estas fechas tan desangeladas, perdón, quise decir señaladas.

El precio es alto, pero no tan solo el de la carne, no, también el del ánimo que se quebranta a cada paso que damos por inercia hacia lo que toca hacer porque es Navidad. Sin recordar ya el significado ni la tradición que originó estas fechas señaladas, sin saber quién tira de la rueda que parece acelerarnos el ritmo de nuestras vidas gratuitamente además, y creo que es lo único gratuito que nos adorna el día, desde la cama hasta el pasillo a caja 3 de la señorita tal. Que se empieza por los mejillones y se acaba con el pavo o el corderito, o el lechoncito, ¡y que rico! Que bebo lo que quiero y cuanto quiero porque en estas noches ya se sabe ¡hay que divertirse! Ese “hay” suena a deber, suena a intento, suena a NECESIDAD de tener algo que en realidad se desconoce pero que se añora, suena a “desangelao”. Y el remedio parece ser embriagarnos más, perdernos más, alejarnos más, ¿de qué? De lo que en realidad queremos, empecemos por ahí y a ver a donde llegamos, si es que llegamos a alguna parte o tan sólo tenemos como destino ir mirándonos el pecho y aclarándonos en algo que pareciera evidente, pero que al parecer no lo es tanto, y que además nos trae de cabeza, cuesta abajo y sin frenos…

El precio es alto, y esto engorda la deuda. La deuda que contraemos con los derrochados, con aquellos que soportan la demanda de la ciega inercia que promete lo mejor o cuando menos el entretenimiento, el manjar, el deseo satisfecho, la apetencia colmada y qué se yo. Pero si miramos cuanto ha costado el evento las cifras se tornan vidas mancilladas por un acto de voluntad, la voluntad del que puede y demanda, aunque sea… porque toca. Hemos pasado así de la cama al Apocalipsis que se genera en mataderos cada vez que entra carne nueva, etiquetadas ya antes de terminar de desangrarse, apiladas antes de ser cadáveres y confinadas como trozos de carne antes incluso de que su alma pueda abandonar sus cuerpos. Y sin entrar en debate de si los animales sienten o tienen alma, porque de no ser así no saldrían de sus bocas los lamentos de miedo y dolor que impera en un matadero o incluso en su lugar de origen cuando ya huelen que algo no es como el resto de los días, que hoy no se come, que hoy me llevan a empujones a un recinto si cabe más oscuro y más incierto que el que me han obligado a ocupar desde que nací, hoy el ambiente huele a festividad, y por esto mismo, el olor a muerte se acentúa. Pero hay que cubrir la demanda, que ya de diario es abismal máxime si tengo invitados a la mesa. A la mesa del capitalismo consumista sumamos la sangre de los abatidos por orden de la demanda, del demandante y de todos sus compromisos y deseos de fiesta. A esta mesa la llamaremos Natividad, en memoria del nacimiento de alguien que poco importa recordar y en honor a aquellos que dejan sus vidas torturadas en manos del destino y con esperanzas de un mañana mejor. ¿Cómo hacernos una idea esa preciosa y jubilosa noche de todos los que no han llegado a ella? Al menos no en la forma deseada por cualquier ser sintiente, que no hace falta que sea pensante, ni que nos pueda dar una réplica en algún blog de sus malas experiencias a su paso por el criadero, basta con saber que respira para darse cuenta de que algo como en nosotros es hálito de vida, y si hay vida hay un retazo de divino en ella y un sentido. Podemos decir entonces eso de que su destino es morir para dar de comer a otros, que las plantas también mueren al comerlas, o “que lo necesito”. Podemos decir muchas cosas, pero lo cierto es que el ser humano se distingue por la capacidad de crecimiento a niveles en los que sin diferenciarse en razas, ni credos, ni especies, se hace eco de los valores y sensibilidades que más nos acercan al milagro de estar vivos, y que por ellos levantan sus voces en pro de la preservación de la vida en todas sus formas, por considerarla un regalo que nos ha sido prestado y que debemos cuidar, máxime cuando no nos pertenece por ser la vida de otro (máxime si nos referimos a como la industria se sirve del animal). No sé de ningún asesino que tras conocer el milagro de su existencia siguiera asesinando, debe ser porque la vida va en otra dirección al igual que nuestra evolución. Si alguien puede ver en el karma la justificación pertinente para dar por hecho que es así como deben ser las vidas de los animales, confinados para consumo y entretenimiento humanos, sin hablar ya de la experimentación y demás abominaciones, es que se cree equivocadamente algo menos de lo que es, porque señoras y señores, del karma y mi destino solo Dios sabe, solo la vida me manda, solo un universo que se empeña en que siga viva, sin dar más explicaciones, y por ello espero que si algún día alguien ve en mi una pieza para decorar su vestíbulo o rellenar su fuente de horno, o ser objeto de sus mancillaciones, ese día alguien que no sepa de mi karma ni a qué sabe mi carne, levante por mí su voz e intente ayudarme a mantener viva mi llama. Espero ese día no encontrarme con alguien que por mirar hacia otro lado, porque es molestia mirar el daño ajeno, mencione eso de “es su karma, no es cosa mía, para eso está y así deberá ser”. Que sí, que tiene razón, pero si al menos fueras santo, eso me haría no sufrir de impotencia ante tu devastadora indiferencia. Y si hay que morir se muere, pero de verdad, entre nosotros… ¿te tomarías esa aceptación kármica de “para eso están” con tanta rotundidad si lo que estuviera en juego fuera tu vida o la de alguno de los tuyos?, ni aún así la de tu “animalito de compañía”, estoy segura.

Quizás sean fechas para reflexionar sobre nuestros hábitos más cotidianos, sin esperar que sea el gobierno el que de el primer paso y nos saque el tema a relucir, quizás sea en primer lugar trabajo individual y deberes pendientes los que se plantean como necesidad urgente ante la devastación de tantas vidas, por más que en otras hayan podido ser matarifes y esta sea su justa consecuencia existencial, no es cosa nuestra sumarnos al horror del sufrimiento, inevitable ya, sino hacer por evitar el que podamos en primera persona, no ya por sensibilidad, que no tengo que esperar a ser sensible ante tu dolor para respetarte y no hacer por causarte la muerte, ni dolor, no más del inevitable por estar yo también en penumbras, y como tal, ir dando palos de ciego en esta vida al trote que llevamos. El que pueda escuchar que escuche.

“Comer o no comer, that is the question”. Se me ocurre que el planteamiento puede ser otro: sumarnos al horror o apoyar el cambio, el cambio a preservar la vida lo más humanamente posible, lo más dignamente posible, hasta que la muerte nos separe.
Estimado lector que has tenido la paciencia de leer estas letrillas, espero que invites a tu mesa al menos a una duda, la que te haga plantearte otra forma de satisfacer tu paladar y que no sea tomando la sangre de otro sino haciendo por renovar la tuya. Como defensora, mediocre si se quiere, de los derechos de todo ser vivo, apoyo la causa de dar un paso al frente en el consumo de los alimentos que la tierra nos reserva como testimonio y herencia de sus inagotables dones, y dejemos de lado ya la matanza, como recuerdo del ser humano que ya no necesitamos seguir alimentando.

Sea por el bien de todos los seres… Felices días y próspero año nuevo.

martes, 28 de octubre de 2008

El veneno de la indiferencia

José María Legarda


Al meditar en zazen reconozco en mí una profunda ignorancia. Esta se presenta a la consciencia como una espesa niebla, como un muro, a veces como un espacio vedado, infranqueable. La evidencia de la ignorancia se vive subjetivamente ya que es “mi ignorancia”. Esta constituye un estado vivenciado a veces de sopor, otras de vaciedad, en ocasiones como inconsciencia, o como “coloque” de la mente, siendo sus manifestaciones muy variables.

En zazen me he preguntado a mi mismo: ¿qué es esto? Y me he tenido que dar una respuesta que no me gusta: esto es mi ignorancia fundamental, que me penetra y me constituye, atravesando todos los poros de mi mente y cuerpo. Indagando más en ello he intuido que la ignorancia tiene registros varios, especies, enraizados en los procesos psicofísicos y psicológicos.

El cuerpo insensible

La ignorancia en el cuerpo se manifiesta como insensibilidad, zonas ciegas, falta de consciencia fina respecto de las sensaciones. La ignorancia del cuerpo afecta de la posición en zazen, la forma de mover el cuerpo, su alimentación, su higiene, etc. El cuerpo es un sismógrafo de todo lo que nos ocurre pero no siempre estamos atentos al cuerpo y a las señales que nos envía.

La percepción embotada

La ignorancia tiene también sede en la percepción. Percibir es recibir información sensorial y decodificar su sentido. El punto de diferencia entre la pura sensación que estimula un sentido (por ejemplo, el gusto) y la consciencia de sentido (“esto sabe a patata”) radica en que lo segundo implica un procesamiento superior. También en nuestra percepción nos mostramos ciegos, sordos, sin gusto, sin tacto, sin olfato, sin agudeza cenestésica. A veces las sensaciones no nos provocan la emergencia de sentido alguno. En unos casos es indiferencia, en otros filtramos interesadamente, en otros el sentido se nos escapa.

Las emociones negadas

La ignorancia de las emociones tiene que ver con la indiferencia, el desprecio, la insensibilidad emocional, la falta de empatía, la abulia, la negación y todas las defensas del yo para eliminar (reprimir, inhibir), no ver la realidad (negación) o camuflar y maquillar aquello que debiera sentirse. No queremos sentir muchas de nuestras emociones, especialmente si de las llamadas negativas. Por ello, en zazen tenemos que hacer un esfuerzo por reconocer lo que sentimos.

El pensamiento distorsionado

La ignorancia del pensamiento se relaciona con la falta de información, con la incomprensión, con la comprensión distorsionada que afecta a todo el pensamiento actual, como a los recuerdos y a los desvaríos de la imaginación y a las decisiones de la voluntad. Muchas veces nos refugiamos en la incomprensión y en la desinformación porque nos interesa, porque no queremos aceptar la realidad de las cosas, tanto internas como externas.

El ego autoreferenciado

La ignorancia narcisista, del ego, tiene que ver con la terquedad, el orgullo, la cerrazón de la mente y su mecanismo de afirmación y de autoperpetuación. El ego no quiere admitir su naturaleza impermanente, su no existencia como entidad sustancial, su realidad fenoménica. El vasto campo de la ignorancia pone al ego en un brete. Si el ego aceptara esa región de no control tendría que darse un proceso de reconocimiento de limitaciones. Así que el ego, en un proceso de magia abacadabrante, convierte la región de la ignorancia en un lugar de destierro de lo que no acepta, no quiere reconocer, con aquello con lo que no se identifica, y lo marca con el sello de no existente y sin sentido. La conclusión es que la zona de la ignorancia es definida como no ego, como no existente, como no perteneciente a lo real. De esta forma el ego se erige, pro decreto propio, en la única realidad; es decir, se afirma como autoreferencia, como centro del mundo, como medida y canon de todas las cosas. Pero por encima de todo se afirma como ser el mismo la consciencia pura. ¡Qué cosa más tonta es la autoreferencialidad del ego!

La vida sin sentido

Existe también una ignorancia existencial, que atañe al sentido de la vida. La confusión, la experiencia de vivir como una marioneta, sin sentido, sin norte, la vivencia de la náusea existencial, del vacío de propósito. Esta vivencia interior puede aflorar en la práctica del zen y debemos reconocerla. En algunos casos se vive como dolor, como frustración de autorealización. Es muy normal que si nos identificamos con una actitud materialista, hedonista o ególatra no percibamos ningún sentido para nuestra vida más que el satisfacer nuestros deseos.

La separación de la consciencia

Debo reconocer que también existe una ignorancia espiritual. ¿Qué es lo espiritual? Aquello que nos vincula a lo más profundo de nosotros mismos y de la realidad. Religión es aquello que nos re-liga, que nos re-une, que nos abre a lo primordial y que, según las concepciones religiosas y espirituales se denomina y se concibe de diferentes formas: divinidad, espíritu de la naturaleza y del universo, alma humana y en el zen consciencia. La ignorancia espiritual es la desconexión con esa esfera interna de la consciencia, es la separatividad con relación nuestro ser primordial. Anhelamos una conexión fuerte y plenamente realizada con la consciencia. Deseamos su contemplación, su calma, su gozo, su comprensión clara. El desarrollo de la estructura yoica y su cosificación, que lo rigidiza, nos extravía haciéndonos ver, erróneamente, que la satisfacción y el refuerzo del yo es lo mismo que la conexión íntima con nuestro ser interno. Como en el curso de nuestra vida nos identificamos en alto grado con nuestro yo, en consecuencia nos volvemos ignorantes y nos separamos de nuestra consciencia.

La tarea del meditador

Al contemplar los vastos dominios de la ignorancia en zazen no puedo más que reconocer, con humildad, las limitaciones de lo yoico y su ceguera, de la cual extraemos sufrimiento. Todas las ignorancias particulares se hallan conectadas entre sí, siendo una estructura. No son espacios lacunares aislados; constituyen un sistema que el yo trata de mantener para autoafirmarse. Es una gran treta; el yo se vale de la ignorancia para mantener sistemas de conducta interna y externa en secreto, propiciando los comportamientos automáticos. Es por tanto mi tarea como meditador liberar las brumas de mi consciencia.